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Amour courtois

Amour courtois
Drutz et "midons"
"...Entonces me verás...y mi muerte, más elocuente que yo, te dirá qué es lo que se ama cuando se ama a un hombre..." (Pedro Abelardo a Eloísa)

viernes, 26 de diciembre de 2014

Romance de la Doncella Guerrera






Pregonadas son las guerras   de Francia para Aragón, 
¡Cómo las haré yo, triste,   viejo y cano, pecador! 
¡No reventaras, condesa,   por medio del corazón, 
que me diste siete hijas,   y entre ellas ningún varón! 
Allí habló la más chiquita,   en razones la mayor: 
—No maldigáis a mi madre,   que a la guerra me iré yo; 
me daréis las vuestras armas,   vuestro caballo trotón. 
—Conoceránte en los pechos,   que asoman bajo el jubón. 
—Yo los apretaré, padre,   al par de mi corazón. 
—Tienes las manos muy blancas,   hija no son de varón. 
—Yo les quitaré los guantes   para que las queme el sol. 
—Conocerante en los ojos,   que otros más lindos no son. 
—Yo los revolveré, padre,   como si fuera un traidor. 

Al despedirse de todos,   se le olvida lo mejor: 
—¿Cómo me he de llamar, padre?   —Don Martín el de Aragón. 
—Y para entrar en las cortes,   padre ¿cómo diré yo? 
—Besoos la mano, buen rey,   las cortes las guarde Dios. 
Dos años anduvo en guerra   y nadie la conoció 
si no fue el hijo del rey   que en sus ojos se prendó. 
—Herido vengo, mi madre,   de amores me muero yo; 
los ojos de Don Martín   son de mujer, de hombre no. 
—Convídalo tú, mi hijo,   a las tiendas a feriar, 
si Don Martín es mujer,   las galas ha de mirar. 
Don Martín como discreto,   a mirar las armas va: 
—¡Qué rico puñal es éste,   para con moros pelear! 
—Herido vengo, mi madre,   amores me han de matar, 
los ojos de Don Martín   roban el alma al mirar. 
—Llevarasla tú, hijo mío,   a la huerta a solazar; 
si Don Martín es mujer,   a los almendros irá. 
Don Martín deja las flores,   un vara va a cortar: 
—¡Oh, qué varita de fresno   para el caballo arrear! 
—Hijo, arrójale al regazo   tus anillas al jugar: 
si Don Martín es varón,   las rodillas juntará; 
pero si las separase,   por mujer se mostrará. 
Don Martín muy avisado   hubiéralas de juntar. 
—Herido vengo, mi madre,   amores me han de matar; 
los ojos de Don Martín   nunca los puedo olvidar. 
—Convídalo tú, mi hijo,   en los baños a nadar. 
Todos se están desnudando;   Don Martín muy triste está: 
—Cartas me fueron venidas,   cartas de grande pesar, 
que se halla el Conde mi padre   enfermo para finar. 
Licencia le pido al rey   para irle a visitar. 
—Don Martín, esa licencia   no te la quiero estorbar. 
Ensilla el caballo blanco,   de un salto en él va a montar; 
por unas vegas arriba   corre como un gavilán: 
—Adiós, adiós, el buen rey,   y tu palacio real; 
que dos años te sirvió   una doncella leal!. 
Óyela el hijo del rey,   tras ella va a cabalgar. 
—Corre, corre, hijo del rey   que no me habrás de alcanzar 
hasta en casa de mi padre   si quieres irme a buscar. 
Campanitas de mi iglesia,   ya os oigo repicar; 
puentecito, puentecito   del río de mi lugar, 
una vez te pasé virgen,   virgen te vuelvo a pasar. 
Abra las puertas, mi padre,   ábralas de par en par. 
Madre, sáqueme la rueca   que traigo ganas de hilar, 
que las armas y el caballo   bien los supe manejar. 
Tras ella el hijo del rey   a la puerta fue a llamar.


Se trata de uno de los más bellos textos del Romancero Tradicional. Según Menéndez Pidal, proviene de una fragmentación del viejo y típico cantar de gesta oral, que se mantuvo por latencia y por la transmisión oral de generación en generación. Por diversas razones, entre ellas el interés del público, se produce un desprendimiento del cantar épico y se mantiene como unidad autónoma. Mientras el cantar de gesta contiene una estructura en tiradas de versos anisosilábicos cuya extensión oscila entre las 13 y 16 sílabas de rima asonante en todos ellos, este tipo de texto se condensa y adquiere estrofas de -por lo general- cuatro versos octosílabos de rima asonante en los versos impares: es decir, rima ab, cb, db, eb, etc. El mismo hispanista sostiene que este desprendimiento se debe a la real y auténtica vigencia de la épica en España, a diferencia de otros países. Por eso destaca que el género épico es como un ser orgánico, con origen, plenitud y decadencia. Mientras en Francia, por ejemplo, las chansons de geste van perdiendo esplendor y se van apagando entre lo siglos XIV y XV, en esos siglos observamos la pervivencia del género épico en el Romancero. Y no sólo allí. También se contempla en los libros de caballería, versión novelada de personajes relacionados con el combate.
En el Romance de la Doncella Guerrera, se observa sobre todo el motivo folklórico de la virgo bellatrix, quien finalmente sucumbe al encanto del varón. Entre sus antecedentes de figuras femeninas que combaten se encuentran las de la diosa de la guerra, la prudencia y la sabiduría, la griega Palas Atenea; la amazona Hipólita, desposada con Teseo y madre de su hijo Hipólito; la bella amazona Pentesilea, quien acudió a defender la ciudad de Troya y cayó -rendida tal vez por su amor- bajo la lanza de Aquiles (se dice que el héroe lloró al contemplar la belleza de la muchacha luego de quitarle el casco); las valquirias nórdicas, entre ellas la paradigmática Brynhild o Brunilda, que fue castigada por su padre Odín y condenada a dormir rodeada de una muralla de fuego y a ser liberada por su amante Sigfrido. 
El motivo es una estructuctura narrativa que se repite, como en el caso de la mujer disfrazada de hombre para escapar, no ser reconocida o realizar tareas superadoras.

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